5 de noviembre de 2007

Guerrero: "Pongan huevos"

Letal y contundente. Paolo Guerrero, delantero estrella del Hamburgo y la única, repito, la única esperanza de gol de la selección peruana para los inminentes partidos ante Brasil y Ecuador por las Eliminatorias (claro, si es que la FIFA no nos desafilia antes por culpa de Manuel Burga, el ultrapolémico presidente de la federación), habló fuerte y claro desde el puerto alemán para las cámaras de "Panorama". Diparó sin piedad y sin tapujos, igual que lo hace siempre frente al arco contrario.

Dijo que en la selección hay jugadores que con la blanquirroja no reflejan el nivel que lucen con sus clubes en las principales ligas del mundo, que no ponen huevos en la cancha cuando la franja roja les cruza el pecho. Ufff... qué fuerte. Él, que las pelea todas, tiene autoridad para decirlo. ¿Escuchaste Pizarro? ¿Escucharon todos?

4 de noviembre de 2007

Un regalito para Chávez

Hace un par de días, de pasadita nomás, entré a la tienda Metro del centro de Lima y me detuve, como siempre, frente a los escaparates de libros para leer y releer los títulos y las contracarátulas de aquellos títulos que me llaman la atención. Así, paseando mis ojos por un enjambre de libros de autoayuda, ediciones de García Márquez para bolsillos flacos y una que otra portada de terror de Stephen King, encontré una carátula que me jaló como si fuera un imán y yo, un debilucho y oxidado clavo.

Se trataba del libro titulado "Bolívar, Libertador y Enemigo N°1 del Perú" de Herbert Morote y editado por Jaime Campodónico. No tengo el gusto de conocer personalmente a Morote, pero lo conozco más recientemente por la denuncia de plagio que hizo pública a mediados del año pasado contra Alfredo Bryce Echenique, autor de "Un Mundo para Julius", y más antiguamente por su fama de historiador y ensayista radicado en España, desde donde de vez en cuando manda uno que otro dardo literario-socio-histórico.

Con solo leer ese título quedé petrificado e intrigado, y sentí la automática necesidad de leer lo que había en la contratapa. Y lo que leí generó un sismo de grado 8 en mi imaginario personal de lo que es la historia del Perú o de al menos una parte de ella. Leí que el venezolano Bolívar, luego de derrotar a los realistas españoles, hizo lo que quiso con el Perú. Que no tuvo escrúpulos en desmembrar nuestro territorio, que deportó a Luna Pizarro por ser contrario a sus modales dictatoriales, que metió en prisión al Almirante Guisse, cabeza de la armada. Que menospreciaba e insultaba a los indígenas, que repuso el tributo que los hombres y mujeres del Ande pagaban durante la Colonia. Que restituyó la esclavitud que su contraparte José de San Martín quiso borrar del mapa y que mandó fusilar a todo aquel que se oponía a sus radicales determinaciones.

Confieso que no compré el libro porque, como ya se saben, soy de bolsillo flaco, y, si mal no recuerdo, el sticker con el precio marcaba poco más de 20 soles. Pero, aún sin leer la obra, esos párrafos de la contracarátula fueron suficientes para remecer seriamente la imagen que tenía del ¿buen? Simón.

No pude (h)ojear las páginas por culpa de una odiosa bolsita anti fizgones sin plata. Pero, a la par que devolvía el libro al escaparate, pensaba que esta obra de Morote sería un excelente regalo de Navidad para el gorila que canta rancheras. El mismo que quiere implantar un gobierno socialista en Venezuela y que enarbola el nombre de Bolívar como sinónimo de unificación latinoamericana y de justicia social, pero que cada vez tiene más opositores entre los ciudadanos de a pie en el país del estadounidentísimo béisbol y de las reinas de belleza, que cada vez abre más heridas en los medios de comunicación llaneros y más antipatías en el resto del mundo por sus gestos autoritarios e irrespetuosos y que cada vez genera más envidia insana por culpa de sus petrodólares.

¿Qué diría Hugo Chávez si un día despierta con el libro de Morote al pie de su cama?

2 de noviembre de 2007

Arde Mesa Redonda (otra vez)

Son las 6:45 de la tarde en Lima y desde hace tres horas arde una gigantesca galería comercial ubicada en Mesa Redonda, en el centro de la capital, la misma zona que hace seis años fue escenario de un terrible siniestro que se llevó más de 500 vidas humanas, pese a que los reportes oficiales indicaron un número bastante menor de víctimas. En el siniestro de hoy hasta el momento no se han reportado fallecidos a causa de las llamas, pero sí casos de comerciantes, transeúntes y bomberos con síntomas de asfixia.

El tránsito ha sido cortado en la avenida Abancay, colindante con la zona del incendio, y decenas de unidades de bomberos se encuentran trabajando en la zona. Sedapal, la compañía de agua potable de Lima, ha informado que se está ejerciendo mayor presión del liquido elemento hacia el sitio del incendio para que los bomberos puedan combatir las llamas haciendo uso de sus mangueras.

Varios comerciantes se niegan a salir de la galería afectada, llamada Geraldine, y de las contiguas, especialmente la conocida como Mercado Central, debido a que no quieren abandonar sus mercaderías. La mayoría de televisoras locales transmiten en directo todo lo relacionado con el incendio. Un fiscal provincial que se apersonó a la galería Geraldine ha adelantado que el siniestro se habría originado por un cortocircuito en el sótano del edificio.

Mientras escribo estas líneas a modo de despacho de último minuto, no puedo evitar recordar las imágenes de cientos de cadávares calcinados que enlutaron las fiestas de fin de año del 2001. Todos los limeños, y en general todos los peruanos, todavía no nos recuperamos del trauma de Mesa Redonda, pero lamentablemente aún muchas personas no entienden el valor de la vida y prefieren las mercaderías a su propia existencia. Hace seis años las causas de la muerte fueron los juegos pirotécnicos que reventaron en cadena, hoy la muerte pudo haber venido de juguetes de plástico amontonados sin orden.

La verdad, no puedo entender cómo hace seis años a algunos comerciantes no les importó poner en riesgo su propia vida y la de los suyos, además de las de los transeúntes, al manipular los llamados 'cohetes' en plena vía pública. Y menos puedo entender a esos comerciantes de hoy que en los últimos pisos de las galerías comprometidas prefieren poner a buen recaudo sus mercaderías que alejarse de la zona del siniestro, tal como se aprecia en las imágenes de televisión.

Pero lo más increible es que las autoridades gubernamentales y municipales no aplican mano dura para evitar que estos sitios de hacinamiento comercial sigan siendo trampas mortales. Increíble.

Aquí algunas fotos del dantesco incendio de Mesa Redonda de hace seis años.

Además, aquí un par de videos que muestran la sacrificada y encomiable labor de los bomberos en situaciones dramáticas como la de Mesa Redonda. Esta es la historia, narrada en dos partes, de la tripulación de la máquina 10.01 de la Compañía de Bomberos Salvadora Lima N°10, la primera unidad contraincendios en llegar a la zona del mortífero siniestro de Mesa Redonda del 29 de diciembre del 2001.

28 de octubre de 2007

El amor más grande

Este texto lo escribí una tarde de mayo de este año, inspirado en lo magníficamente buena que es mi Abuela Felícita, en el incomparable amor de mi Madre Fela y la gran y estupenda Mamá que es y que será mi Esposa Carolina. Para ellas y para todas las Mamás que conozco y que no conozco:

No hay mayor felicidad para una Madre que ver a sus hijos hechos hombres y mujeres de bien, felices, siempre cerca de ella, por más kilómetros que los separen, porque para los corazones de un hijo agradecido y de una Madre abnegada no hay distancias. Pero la mujer se tiene que ganar eso a lo largo de la vida, en cada minuto de su existencia, con cada acto, con la consagración de su vida al servicio de sus hijos, de su esposo, de su familia. Si Dios es el primero que sirve al ser humano, una Madre debe ser lo más cercano a Dios para su hijo. Una vida de dulce entrega, el trabajo más importante del mundo, cuya ganancia es la felicidad de todos y más de la propia Madre. No es una profesión, es más que eso, es un apostolado, es la vida con un sentido. Es no vivir por gusto.

No hay mayor satisfacción para una Madre que verse rodeada de sus nietos en medio de un clima lleno de amor y ternura. Eso, en el ocaso de la vida, cuando ya a veces las fuerzas del cuerpo van diciendo adiós, es un remedio para cualquier achaque de la edad. Pero, principalmente, es la forma que tiene Dios de devolverle a la mujer todo el amor sin medida que entregó a sus hijos, de premiarla por haber consagrado su vida a los seres que Él le encargó cuidar, formar, proteger, mimar, criar, orientar, reprender en forma correcta, sin abuso, y dar ejemplo por más que hace rato ya los hijos ya no usen pañales y hayan sacado libreta electoral.

Una Madre es ternura. Una Madre es paciencia. Una Madre es fortaleza de corazón. Una Madre es ejemplo de palabra y actos. Una Madre es constancia. Una Madre da la vida por sus hijos. No los deja solos. No sabe de cansancio. No sabe de flojeras ni de egoísmos. Menos de relajo. Nunca dice yo primero. La mirada dulce y las sonrisas de sus hijos y de su esposo son el combustible que alimenta el motor de su fortaleza y resistencia para soportar las tempestades de la vida y cuidar del mal tiempo a sus amados hijos.

Antes era cambiar el pañal, hoy debe ser el consejo bueno, la palabra amiga, la corrección oportuna y alturada, el amor hecho madurez, el ejemplo de saber hacer familia. Antes era jugar con el bebe o revisar las tareas del colegio, llevarlos y traerlos de la escuela, tomarle la lección, ayudarle en sus trabajos, cocinarles los almuerzos. Hoy debe ser el apoyo moral, el más grande ejemplo para honrar, representar el máximo de los respetos.

Si nada de eso se da en la realidad, es como si la mujer solo se haya quedado en eso, en mujer, y no se haya graduado de Madre a pesar de que haya tenido mil hijos. Si eso no se da en la realidad sería mejor decir Mamá cambia y haz que este sea tu día de verdad. Si eso no se da en la realidad, sería una mentira decir Feliz Día Mamá, porque no se debe ser feliz solo un día o unas cuantas horas. Porque una Mamá es feliz si sus hijos son felices al mirarla, al llamarla Mamá, y eso depende de ella.

23 de octubre de 2007

El limbo perfecto


Me encantan los aeropuertos y los aviones, pero más los aeropuertos. No importa si son chicos o grandes, si son de gran ciudad o de provincia, si llego o voy. Es como estar en un lugar intermedio, en medio de una burbuja tecnológica que me aísla del mundo y a la vez me conecta con él. Un aeropuerto es el limbo perfecto, la puerta hacia algo diferente, el camino que fácil podría ser el universo utópico y genial de lo sensitivo, de los sentidos. Cada paso que doy en un terminal aéreo es delicioso. Lo que hago en un avión, casi el fin de ese camino, también. Es siempre la misma experiencia, pero cada vez más excitante: bajar del taxi, jalar mi maleta, cruzar las puertas del aeropuerto, hacer la cola para entregar mi equipaje, chequearme en el mostrador de la compañía aérea, pagar mi impuesto, pasar por el arco metálico y que me pasen alrededor del cuerpo el detecta metales, poner mis maletas de mano, mi casaca, mis llaves y mis flacas monedas en ese túnel pequeño de mil ojos que como Supermán ve todo lo que nosotros no vemos, esperar el vuelo, darle mi tarjeta de embarque a la señorita amable y casi siempre guapa de la línea aérea y caminar por la manga, el pasadizo o la escalera, o lo que sea, persignarme al momento de entrar al avión, ir por el pasadizo, a veces de costado porque ir de frente es difícil si hay mucha gente, encontrar mi asiento, guardar mi equipaje de mano en el compartimiento superior, sentarme, encender el aire acondicionado, abrocharme el cinturón de seguridad, apagar el celular, acomodar mi cabeza como para dormir, dormir hasta que me despiertan para comer lo que me den y beber mi Coca Cola de cortesía, mirar los videos de chistes, observar a los que están adelante, atrás, a los costados, mirar la hora e imaginar que no avanza, prepararme para sentir el suave panzazo del avión en la pista de aterrizaje, sentir que el avión toca tierra, persignarme por segunda vez, prender el celular, desabrochar el cinturón de seguridad, levantarme, sacar mi equipaje de mano del compartimiento superior, hacer la cola en el pasillo para bajar del avión, bajar las escaleras o caminar por la manga, entrar a la amplia sala de recojo de maletas, esperar a que mi equipaje salga de otro túnel, cargarlo, jalarlo, salir del aeropuerto, sentir el calor o el frío, el viento o la sequedad del nuevo lugar al que regreso o piso por primera, segunda, tercera o no se cuántas veces ya, escoger al taxista que aparece menos maleado e ir al hotel.

En unas pocas horas haré todo eso nuevamente. Iré al aeropuerto Jorge Chávez de Lima por enésima vez. Destino: Arequipa. Atención, sentidos: prepárense para el despegue.

19 de octubre de 2007

Bolsitas salvadoras que matan

Dos semanas y algo más de silencio bloguero es demasiado. Es hora de seguir produciendo Aire (im)puro para aquellos incautos que han decidido respirarlo. A los otros, mil disculpas por contaminarlos. Y hablando de contaminación, cabe preguntarse si el cheque por 300 mil soles que el Estado Peruano le entregó a Judith Rivera, la señora a la que infectaron con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) a través de una transfusion de sangre en el Hospital Daniel Alcides Carrión del Callao, compensa el daño hecho a una mujer que ha visto su vida pender de un hilo de la noche a la mañana y que de ahora en adelante convivirá con la muerte, como uno convive con el aire puro o impuro.

Claro, con ese dinero la vida de los hijos de Judith está asegurada, tal como ella lo dejó entender el día que recibió el cheque, pero con el virus que produce el sida lo que tiene asegurada la señora Rivera es un resto de vida parecido a una agonía anímica perpetua y expuesto, pese a los tratamientos que cohiben al virus, al acecho de una enfermedad mortal tras otra.

Pero qué desgraciada circunstancia lleva a esta situación límite, que se tradujo aún más dramáticamente con la reciente muerte de una bebé de once meses que había sido infectada con el VIH también en una transfusión de sangre en el Hospital Regional Eleazar Guzmán de la ciudad de Chimbote, al norte de Lima. ¿Qué pasa en el sistema de salud peruano que deja la puerta abierta a estas infaustas consecuencias?

De que hay negligencia, la hay. Me atrevó a lanzar una explicación para ello, más movido por la intuición que por la comprobación, pero igual la lanzo. Hace unos días acudí al Hospital Edgardo Rebagliati, uno de los principales de Lima, para donar sangre porque los apuros médicos de un ser querido así lo exigían. Así como yo, había decenas de personas en la sala de espera de la oficina de donaciones. El proceso avanzaba lentamente.

Hasta que llegué a mi primera interlocutora, a la que le entregué la hoja de respuestas en la que hay que ser sincero sobre toda tu vida, especialemente sobre tus enfermedades y tu comportamiento sexual, y a la que le di el dato de la necesitada persona por la que estaba yo parado ahí.

Después de eso esperé de nuevo en la cola hasta que estuve frente a una enfermera que me pinchó la parte superior del dedo medio de la mano derecha y me extrajo una cuatro gotas de sangre que inmediatamente puso, una por una, sobre un vidrio. Repitió esa operación con otras cinco personas más y luego procedió a pintar con reactivos cada gota para comprobar si la sangre extraída era RH+ grupo O, también llamada sangre universal.

Una vez comprobado eso pasé a un cubículo de dos metros por dos para que un señor que no se presentó me preguntara en qué trabajaba y, como la primera enfermera, para quién era la sangre. Luego de que le respondí me pasaron a una sala donde habían unas 18 camillas, todas ocupadas con personas donando, y zas, me incaron el brazo y empecé a llenar mi bolsita de unidad de sangre (450 mililitros). Unos 15 minutos de llenado y listo. A tomar un vaso de leche para recuperar fuerzas -tremendo 'detallazo' del hospital- y chau.

Ya había donado casi medio litro de sangre, igual que las otras 17 personas e igual que las otras decenas de conciudadanos esa mañana, y nadie analizó si mi sangre o la de todas esas caritativas personas (en el hospital juran y rejuran que no dejan entrar a los que venden su sangre) tenía el VIH. Después lo harán, supuse. Y si así es, es probable que las bolsas se confundan, que se mezclen, que se 'traspapelen' o pasen piola. Eso, definitivamente, no es serio, por decir lo menos.

Qué diferencia con relación a aquella desgraciada vez que atropellaron a un tío mío, en mayo de este año. Cuando fui a donar sangre para él en el Hospital de Emegrencia Casimiro Ulloa, otro de los más conocidos de Lima, además de la entrevista de rigor y de las preguntas para responder, igual que en un examen de admisión, me sacaron un buen tubito de sangre que analizaron durante media hora para ver si tenía algo negativo (VIH, sífilis, etc, etc). Claro, cuando la enfermerá me llamó a viva voz para decirme que estaba 'aprobado', fue inevitable suspirar de alivio casi instintivamente. Recién ahí, me acostaron en la camilla, me hincaron y mi sangre empezó a llenar la bolsita recontra segura y libre de virus.

Osea, eso me lleva a pensar que en el Rebagliati se están dando las condiciones para una negligencia, que aceptan toda la sangre que llegue, siempre y cuando sea del grupo adecuado.

Pero la cosa iría más allá. Se sabe que un posible período ventana de un donante, es decir, el período de tiempo que va desde la infección hasta que el VIH se deja ver en la prueba de Elisa (ese tiempo es de seis meses para tener un diagnóstico acertado, dicen los médicos desde hace muchos años), puede ser la diferencia entre la vida y la vida-muerte de las personas a las cuales se les aplica una transfusión.

En otras palabras, ya existen métodos científicos capaces de detectar el virus en ese período ventana. No soy quien para detallarlos porque no soy médico, pero hay algunos galenos que sí los detallan. Lo cierto es que el Gobierno podría meterse la mano al bolsillo para darles uso a esos procedimientos o al menos estudiar su viabilidad. La salud del pueblo no tiene precio. Y, definitivamente, por lo menos se debe aplicar el Elisa en hospitales como el Rebagliati antes de llenar las bolsitas 'salvadoras'.

Nadie merece lo que atraviesa la señora Judith o lo que pasó con la bebé de Chimbote. Nadie. No estaría de más que los familiares de alguien que va a recibir sangre donada exijan el análisis de dicha sangre in situ y antes de la transfusión. Lógicamente, eso ya sería admitir que el sistema estatal de salud es ineficiente. Y parece que lo es.

2 de octubre de 2007

Un tal Gareca

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida... dice la canción más emblemática de Rubén Blades. Sí, la vida da vueltas y a veces da tantas que uno termina más sorpredido que cura en alguna discoteca de la bohemia avenida Dolores de Arequipa. Por eso creo que lo que acaba de pasar con la 'U' hará que mi padre, mínimo, se quede pensando un buen rato. Él, que no puede ver a algún argentino vinculado al fútbol desde que un enajenado y criminal Julián Camino lesionó arteramente a Franco Navarro en ese partido de Buenos Aires en el que solo nos faltaron menos de 10 minutos para clasificar al Mundial México 86. Él, que vitorea a Universitario de Deportes cada vez que hay un partido de la crema, sin ir al estadio, sentado en su carro y escuchando Radio Programas.

Resulta que la 'U' acaba de contratar al argentino Ricardo Gareca como técnico del primer equipo. Veintidós años después de esa gesta en el Monumental de Núñez en la que Navarro resultó el mayor herido de guerra, Gareca aparece en escena. El hombre que nos dejó sin Mundial a poco del final del partido cuando empujó la bola en la valla peruana, irrumpe de golpe en el pálido fútbol nacional. El mismo jugador que Bilardo no llevó a México a pesar de que nos hizo llorar de cólera segundos después de que Pasculi empujara descaradamente a Chirinos y lo introdujera como pelota a la portería del 'Chevo' Acasuso. Ese melenudo con pinta de un tal Christian Suárez de Bozzo es el nuevo entrenador de la crema que mi papá idolatra cada vez que quiere recordarme que yo también fui bautizado crema.

Esta noche le diré a mi padre que un argentino dirigirá a su cuadro. Que un compañero de Camino tendrá la 'U' en el pecho. Que el odioso tipo que le privó de sentirse mundialista por cuarta vez en su vida y abrazarme de alegría hasta fundir su corazón con el mío y hacerlo uno con el latido que debía tener el ritmo de las barras del 'Pecoso' Ramírez, es hoy el responsable de llevar de la mano a Universitario en la lucha por el título del Clausura y por un cupo a alguna copita internacional, siempre importante por más chiquita que esta sea.

Sé que su respuesta será: "¡Nooooooo, no puede ser! Mejor le hubieran dado el equipo a Navarro". Pero estoy seguro de que igual escuchará por radio el partido de este fin de semana en Tacna ante Bolo. Y renegará, apuesto que renegará... Grande, pa', te quiero eh...

Si algún argentino lee esto, por favor disculpe a mi papá, pero busque a Camino para meterlo en cana. Él tiene la culpa de toda esa argentinofobia del señor Luis Silva Soto. Él y Bilardo.

Vean este video y entenderán a mi viejo...