11 de septiembre de 2007

Mi ángel de cabecera

André es nuestro despertador, mío y de mi esposa. A las siete de la mañana, diez minutos antes o diez minutos después. Nunca falla. Desde que Carol cambió la ubicación de las cosas en el cuarto, yo estoy más cerca de la cuna y es una delicia escuchar todos los días "¡Papá!" y "¡Mamá!", voltear medio dormido y ver la sonrisa de André bien parado en su cuna. Nunca falla.

Bueno, no voy a negar que a veces se va de largo hasta las ocho y pico, pero contadas veces, en lo que va del año no habrán sido más de diez. Y cuando eso pasa, nosotros también nos vamos de largo. En enero ya irá al nido, osea que, caballero nomás, deberé poner la alarma del celular sí o sí a las 6:30 para que no haya problemas. Doy por descontado, porque su sueño es recontra pesado, que con el chirriante sonido del fono solo nos despetaremos Carol y yo, y André a las siete más o menos cumplirá con su linda rutina de llamarnos y reir.

Es un bebe inteligente. Todos los días aprende algo nuevo. Nos imita. Y en su lengua mocha intenta torpemente hablar. Eso es lo único en lo que se está demorando, pero seguramente ya le saldrán las palabras. Hoy nos tiene acostumbrados a su "agua", "aytá", "nooooo" y "yoooo", entre otras cositas. Y ni qué decir de su karate. Ah, no. Agárrense. André es todo un campeón, un Power Ranger chiquito. Solo le falta su karategui y su cinturón negro para ser Akio Tamashiro porque estira los brazos y las piernas como un experto y, además, acompaña sus movimientos con esos gritos característicos de los cinta negra. Pero, claro, más que un rugir de león, lo suyo es un ronronear de gatito. Como verán, se me cae la baba.

Es todo beso, todo abrazo. De vez en cuando se mete un berrinche, pero tratamos de no hacerle caso en eso. En todo lo demás sí. Tienen que verlo cuando ve a mi papá. Ahí se olvida del mundo. Él y su papacho son uno solo. Se quieren demasiado. Y eso me hace feliz.

10 de septiembre de 2007

Soy tu hincha hasta la muerte

Perú, sé que eres más que fútbol, pero lo primero que supe de ti fue fútbol. Tengo 34 años y si dentro de dos años y pico logramos llegar al Mundial Sudáfrica 2010, seguramente seré capaz de pegar un póster de la selección en mi cuarto, aunque mi esposa se moleste por ello, igual que pegué al lado de mi cama esa foto grande de Jaime Duarte pisando pelota en España 82 que recuerdo con cariño y que miraba todos los días antes de irme al colegio.

Perú, puedo asegurar que tu bandera roja y blanca nunca me ha emocionado tanto como esa pequeñita que estaba impresa, la lado de la argentina, en la entrada que mi papá una noche de 1985 me mostró de golpe para sorprenderme. Pocas veces he sido tan feliz como en ese instante. Sabía que ese papel era el boleto a la gloria: un par de días después fuimos a la tribuna sur del Nacional con una bandera de verdad y fuimos testigos de la tarde más magistral del 'Chevo' Acasuso en el arco peruano, de la gran jugada de Franco Navarro que terminó en el gol de Oblitas, que grité con toda el alma junto a mi viejo y otras 45 mil personas en el estadio, y de la desesperación de Maradona que trataba por todos los medios, válidos o no, de despegarse de la conchuda marca de Lucho Reyna.



Desde entonces hasta ahora ha corrido mucha agua bajo mi puente futbolero. No soy hincha de equipo alguno a pesar de que mi papá insista en que soy hincha de la 'U' porque él así me bautizó de chiquito. Para que se ponga feliz le digo que sí, que soy crema, y para que se sienta orgulloso digo que lo soy por él. Pero creo que, como dice Patrick, un compañero de El Comercio, en realidad soy un prostituto de la pelota: seguí al Cristal en la Libertadores de 1997 y al Cienciano del 2003. Quizá me suba al carro ganador. Quizá. Pero recordando a esos cuadros ganadores concluyo que, si se trata de clubes, soy hincha del que se emocione con el triunfo y que me haga llorar de alegría.

Sin embargo, cuando juegas tú, Perú, sí soy hincha tuyo a muerte. Me das cólera cuando regalas los partidos, cuando eres pusilánime o cuando no la metes. Y el corazón se me sale cuando grito tus goles. Soy tu hincha, lo fui desde que te vi por primera vez en la casa de mis abuelos, en ese pequeño televisor a colores que era la sensación de todo mi familión en 1982 (¿por qué te dejaste golear por Polonia en España, por qué, caray?). Lo he sido en cada Eliminatoria desde entonces, en cada Copa América, en cada gol, en cada derrota, en cada tarjeta roja y en cada celebración. Lo soy con los 'Jotitas' y con la nueva esperanza que comanda Chemo. Mi hijo ya tiene tu uniforme y espero con ansias llevarlo a verte, llevarlo a él y a mi padre. Anhelo ir a alentarte los tres juntos con la bandera. No pierdo la fe. Por eso te pongo esta música y te recuerdo a tus jugadores, para que te emociones conmigo. Vamos, Perú.

9 de septiembre de 2007

El flaco creció

Todo l mundo habló hoy de Paolo Guerrero. Todas las portadas de los diarios. De su coraje cuando se pone la camiseta de la selección, de su arrojo frente al arco contrario. Qué diferencia con Pizarro, quien parece cuidar las piernas cada vez que encara la valla rival. Paolo le hace honor a su apellido y jamás arruga. Va para adelante aunque eso signifique que de un patadón le vuelen la cabeza.

Así, con garra y empuje, metió los dos goles con los que la selección empató con Colombia en el amistoso jugado antenoche en el Monumental y en el que parece hubo un descarado carrusel con las entradas porque habían más de 40 mil personas dentro del coso de Ate y cientos afuera con boleto en mano reclamando su plata.

Cuando reparo que se anunció a los cuatro vientos que la taquilla del partido iría para los damnificados por el maldito terremoto que asoló a Ica, Pisco y Chincha, me da asco, mucho asco. Pero ese otro tema.

Necesitamos diez Paolos en la selección de Chemo si es que queremos llegar al Mundial. Cuesta creerlo, pero viendo jugar al delantero del Hamburgo alemán, uno puede pensar fácilmente que los pizarrones pasan a segundo plano cuando los jugadores ponen en la cancha eso que las gallinas ponen en la granja. Que el coraje lo es todo. No sé. Porque hay que afinar bien la pupila para darse cuenta que Guerrero tiene toda la técnica europea combinada con una fortaleza física rara para nuestro medio, solo que en su caso el punche que le pone a cada jugada opaca todo lo demás. Puedo asegurar que en este minuto muchos niños en el Perú sueñan con ser Paolo Guerrero.

Justamente, más allá del Paolo mediático que vi por televisión, con su peinado afro-lacio y sus tatuajes de modelo, con sus gritos, sus movimientos de brazos al estilo de hélices y su lengua afuera a la hora de celebrar sus goles; recuerdo al Paolo que estaba pasando de adolescente a joven-adulto.

Era 2001 y la altura de Ambato no se sentía ni en la respiración ni en las palpitaciones del pecho. Guerrero era un delantero suplente en la selección Sub 18 que dirigía 'Chalaca' Gonzales y que yo tendría el privilegio de ver campeonar en los Juegos Boliviarianos que se realizaron aquel año en esa ciudad ecuatoriana. Yo era el enviado especial de El Comercio y Paolo, un flaco callado y paliducho, de pelo casi rapado y de potente disparo. Confieso que entonces nunca hablé con él. Me ocupaba de un timidón Jefferson Farfán y de un ambicioso Wilmer Aguirre, los delanteros titulares. Confieso que jamás he hablado con él porque felizmente se fue a Alemania antes de volverse mediocre en el lento y tuberculoso fútbol local, pero ahora me da gusto ver cómo ha madurado con la bicolor. No soy un niño, pero quiero ser Paolo también.

Por fin te quitaste el velo

Siento que ayer recién conocí a mi esposa. La vi por primera vez en una paradisiaca playa ecuatoriana una mañana soleada de marzo del 2004, pero ha sido en el frío limeño de este setiembre que descubrí su alma.

Felizmente el cierre de anoche fue sencillo en el diario. Todo se dio para que cumpla lo que le prometí: salir temprano y estar en casa a las siete para ir a una reunión religiosa en el coliseo Dibós. Hay que acompañarla siempre que se pueda porque ella es la patrona, como dice Miguel, mi amigo y compañero de carpeta en la redacción.

La encontré lista. Pantalón negro, botines bien lustrados, chompa marrón, una casaca crema que parece un edredón y su infaltable chalina, porque, ya sé, el frío puede afectarte la garganta. Yo tenía hambre, pero como no había tiempo para nada, cogí un plátano a la volada y me lo embutí en dos patadas mientras Carolina terminaba de peinarse. Sí, mi amor, ese pelito corto te queda muy bien.

Felizmente mi mamá, quien nunca falla, ya estaba con Male, mi tierna ahijada, alistando las cosas en la cocina para darle de comer al bebe. André estaba dormido, bueno, en realidad estaba semidormido. Pero es igual, mi hijo tiene a veces el sueño pesado e imagino que a sus dos años, tres meses y diecisiete días solo debe soñar con su Hombre Increíble y las imágenes de Parchis que ve en el DVD todos los días.

Salimos sin perder más tiempo. La noche anterior habíamos tenido una discusión mayúscula, por decir lo menos, así que la conversación no era fluida, al menos de mi parte. Noté su intención de normalizar las cosas porque me contaba con entusiasmo cómo jugó en la tarde a las escondidas con André y nuestro vecinito Eduardo. Se reía como una niña. Pero yo no aflojaba. Seguro que cuando le compré su Sublime sintió que la había perdonado. Sin embargo, yo quería más calor en medio del frío de San Borja, quería que me pidiera una disculpa. Estaba herido o algo así. Bah, qué importa ahora eso.

A pesar de que soy católico, apostólico y romano, tenía confianza en que las palabras de un pastor gringo de nombre impronunciable y al que nunca antes había escuchado, ayudaran a ordenar las cosas. Así que le pedí una manito a Papalindo.

Entramos al coliseo que estaba semilleno. El escenario era similar al de un concierto de rock. A decir verdad, gran parte de la alabanza previa a la presentación del pastor era en rock. Carolina está tratando de encontrarse con Dios, sé que lo está logrando, pero, como le cuesta expresar sus emociones con la mirada, a veces lo dudo. Qué iluso. Fin del rock.

El gringo hablaba en inglés y un frenético traductor decía en castellano la Palabra. Entiendo tu desilusión, Carol. Esperabas una prédica sobre el valor de la familia como te habían prometido, pero solo repetían cosas que ya habíamos oído antes: que Dios nos da la libertad, que nunca nos abandona y todo eso que muchas veces olvidamos.

Y te aburriste, para variar. Por qué siempre me haces eso. Empezar algo con frenesí y al cuarto de hora poner cara larga. Por qué si eres bonita, hipotecas esa sonrisa linda por escapar de una situación que despierta tu impaciencia. Basta, por favor.

Entonces sentí que surgía la chispa que traería otra vez el incendio. Había hecho un esfuerzo para llegar temprano y ella ya se quería ir del coliseo, al toque, todo porque había mucho ruido y el traductor gritaba demasiado. No sé por qué, pero yo me amoldo a todo o al menos creo hacerlo. En fin, así es ella y así soy yo. Ella está aprendiendo a ser más paciente y yo a ser más práctico. Gracias, amor.

Preferí no comentar mucho su aburrimiento y estiré mi decisión de quedarnos o irnos. Gracias a Dios lo hice. Carol no replicó mi silencio, en cambio, dirigió de improviso su mirada -esa que casi siempre es inexpresiva- hacia unos pies minúsculos, solo abrigados por unas medias sucias.

Abrí bien los ojos para seguir los de ella y vi a una chiquilla a tres sitios de nosotros. La chiquilla cargaba con demasiado amor a un bebito que no solo tenía desabrigados los pies, también le faltaba una casaca decente y un baño. La niña, porque era casi una niña, estaba flaca igual que su hijo y no soltaba por nada del mundo una bolsita negra en la que llevaba los chocolates Yo-Yo que, como nos diría después, vendía desde las siete de la mañana con su hijo en brazos por las calles de Surquillo y San Borja.


Definitivamente Carol vio más que yo. Me quedé con la simple imagen de la pobreza, con la obvia cólera por tener que convivir en Lima con tamañas injusticias, con la pena por la ignorancia de personas como Marina -así se llama la joven mamá- que no se dan cuenta que un niño como Christian, el bebe de las medias sucias, no puede andar por la vida desabrigado y menos en su primer cumpleaños, porque eso nos dijo Marina, que el pequeño cumplía un año esa noche, algo que nosotros creímos sin chistar.

Carol no lo pensó dos veces e hizo un enroque maestro que me dejó en jaque mate. Me dijo que quería darle a la chiquilla las zapatillas del Hombre Araña que ya no le quedan a André. Y, claro, imposible negarse a eso, menos yo que a diario intentó avivar el fuego de la ternura en su corazón.

Ya no había excusa para quedarse en el Dibós y me dejé llevar. Carol salió del coliseo conmigo, con Marina y con Christian de yapa. Todos caminamos en medio del frío y el tráfico de la avenida Angamos rumbo al departamento.

Cuando llegamos le dije que mejor Marina espere abajo y Carol aceptó. Oh, sorpresa, no había nadie en casa. Mi mamá con Male habían llevado a André a comer a la casa de mi tía Liza, mi comadre. Carol, entonces, se apuró en buscar las zapatillas y yo, contagiado, le dije a Marina que suba. Y mi esposa, a la que, como dije, estaba recíén conociendo en esa faceta de bondad total, sacó las zapatillas del cuarto, una casaca amarilla, dos pantalones, dos polos manga larga interiores, prendas que ya no le quedan a André pero que mi señora guardaba con cariño para alguien más. También sacó un pañal, una pelota de Bob Esponja y un maletín para que Marina guarde todo y pueda llevarle ropita abrigadora al bebe cuando tenga que trabajar.

Repito, me contagié. Mientras intentábamos lavarle el cerebro a la abancaína en temas de limpieza infantil, responsabilidad maternal y lucha contra las infecciones respiratorias, saqué de la cocina un par de mandarinas y un tarro de leche, lo que Carol remató con un keke que había comprado para alguna visita inesperada. Todo entró en el maletín.

La hora avanzó y ya iban a dar las 10, así que agilicé las cosas y di la voz de mando para la retirada en busca de André. La casa de mi tía Liza no quedaba lejos, pero yo ya quería ir. Carol me entendió y bajamos con Marina y un Christian renovado y recontra abrigado. Me olvidaba, el lindo y sonriente bebe también se ganó con un par de chullos que André casi ni se puso. Ella se fue a tomar su carro a Ciudad de Dios y nosotros a esperar el Covida. Chau, Marina, regresa en Navidad, le dije.

Ya la había pedonado, pero Carol me habló con el corazón, sentados en la primera fila del Covida. La perdoné de nuevo y quizá te perdone siempre, mi amor, lo único que te pido es que recuerdes que amar es nunca tener que pedir perdón como escuché en una película. No sé aún cuál será mi limite o si lo tengo, cuánta será mi resistencia a los golpes de la vida, pero esas palabras tuyas en el Covida me hacen sentir que nunca te dejaré. Felizmente fuimos al Dibós porque al fin conocí esa alma buena y nada egoísta que muchas veces quieres ocultar. Y creo que me volví a enomorar. Ojalá dure.

Llegamos a la casa de mi tía y abrazamos a André, toqué el cajón de Male, mis padres bailaron a mi ritmo un valcesito picarón y tu reías otra vez como una niña. De ahí nos fuimos todos, incluyendo mi hermana Paola, a comer pollito broster en un puestito cerca del mercado a donde tantas veces fui de niño, frente a Villa Victoria. Todos riendo con André más despierto que nunca al borde de la medianoche. Daría todo porque esos momentos felices se repitan siempre.

Felizmente no te he conocido tarde, Carol, porque todavía nos queda mucho por vivir. Eres realmente buena, por más que digas lo contrario y te empeñes en parecer dura como piedra. Me voy a dormir tranquilo.